García Márquez y la vocación del ser

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gabriel

Muchos años después, frente a las puertas de un año más de vida, maravillándome de la impresión que sufriera Aureliano Buendía al descubrir el hielo, vuelvo a adentrarme en el recóndito y maravilloso mundo del más ilustre hijo de Aracataca, Gabriel José García Márquez. En esta ocasión, me doy cuenta, a través de sus escritos, especialmente Cien Años de Soledad, de algunos detalles de su vida y obra, que hacen reconfirmar el apotegma cristiano, descrito en la Carta de Santiago, primo de Jesús, y primer obispo de Jerusalén, quien escribió: Hermanos, la fe son obras.

El único escritor latinoamericano que ha trascendido a la universalidad del cosmos con sus escritos, es una inequívoca demostración de la entereza, determinación, y conciencia absoluta de la única condición, que a decir de él, ha podido vencer al amor: la vocación. Ésta, refiere García Márquez: “se trae dentro, desde que se nace, y contrariarla es lo peor para la salud”. En una sociedad, como es la occidental, donde los valores de éxito y realización personal radican en el materialismo, es sumamente grato, inspirador, y alentador, confirmar que existen individuos que pueden hacer de las injusticias de la pobreza su base dignificante de transformación social, inspiración y goce espiritual.

Si alguien tuvo como un enemigo acérrimo a la pobreza, ese fue el Gabo, quien tuvo que vivir en la habitación de un prostíbulo, vender botellas y cantar rancheras en París para sobrevivir, cuando se vio privado de los recursos que no le llegaban por concepto de ser corresponsal del diario colombiano El Espectador, que había sido clausurado por la Dictadura de Gustavo Rojas Pinillas.

De igual forma, resulta increíble pensar que al terminar de escribir Cien Años de Soledad, luego de varios meses de privaciones económicas, en donde su esposa Mercedes había agotado los 5 mil dólares con los que debía manejar la economía doméstica, tuvieron que empeñar el secador de pelos, la batidora y la estufa, para poder hacer el envío de los manuscritos de su magna obra.

Cien Años de Soledad es, después del Quijote, el libro escrito en el idioma cervantino, más traducido en el mundo. Esta fantástica obra, no habría sido posible si el autor no hubiera tenido la conciencia plena de apreciar su entorno, a pesar de haber sufrido el clasismo de la sociedad colombiana, que le veía como un pueblerino, pero más aún, el elemento que le permite trascender al pináculo de la fama, con la obtención del Nobel de Literatura, en octubre de 1982, la inserción en sus escritos de la realidad mágica del Macondo caribeño, en donde convergen las historias fantásticas de los negros, la azarosa vida de los empleados de las multinacionales, la corrupción política, las truculentas injusticias sociales, las prostitutas, y la música, que es la expresión más genuina de las inquietudes y de las experiencias de sus habitantes, que a decir de Oscar Wilde “es de las artes la que más fácilmente refleja los sentimientos de la gente”, y que toman su forma en los antibudistas y desgarradores boleros, o en los alegres ritmos que como la cumbia, el vallenato, la pachanga, el son, la guaracha, el merengue, y la bachata, van y vienen, recorriendo ese país aparte, que toma forma en la costa atlántica de Colombia, Venezuela y Panamá, hasta el golfo de México y las Antillas.

El ex presidente norteamericano Bill Clinton ha dicho públicamente que su libro de cabecera es Cien Años de Soledad, y el ex Presidente estadounidense ha visitado al Gabo en Cartagena. Al pensar en cómo pudo haber calado en la sensibilidad del Sr. Clinton, un libro que ostensiblemente denota todo lo que somos en esta sufrida y preterida zona del mundo, en donde las inocultables actitudes imperiales estadounidenses han hecho más calamitoso el vivir de sus gentes- García Márquez ha afirmado que los golpes de Estado en América Latina son engendros del imperialismo-, no es difícil llegar a la conclusión de que la originalidad, sinceridad, honestidad, y valentía con que el Gabo ha expuesto sus ideas, trascienden las ideologías políticas y dan en el corazón de la esencia humana, que sin importar la raza, religión, posición social, terminaremos como el final de Cien Años de Soledad, en donde Aureliano Buendía, descubre que el gitano Melquíades había escrito en sánscrito la historia de Macondo y de la familia, con cien años de anticipación, y que nadie sale vivo de este mundo, aquello que viene del polvo al polvo volverá, que todo lo arrasa el viento, hasta: la memoria.

Creditos: Hoy Digital.

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